Nancy Steinberg | La Doctora de los Niños

¿Alguna vez te has preguntado qué te impide tener éxito? Ya sea que hablemos de éxitos profesionales, sociales o familiares, todos nos hemos enfrentado alguna vez con esta pregunta.

Diversas personas podrán dar diferentes respuestas: pensamientos negativos, falta de energía, perfeccionismo, falta de tiempo, falta de organización, expectativas poco realistas… la lista parece interminable. Pero todas estas respuestas pueden ser agrupadas dentro de una sola categoría: el derrotismo.

El derrotismo  se refiere a las conductas que te desvían en tus intentos para alcanzar tus metas, que te impiden alcanzar el éxito y que te impide desarrollar tu capacidad total para obtener satisfacción y plenitud.

Se trata de una serie de conductas que nos alejan de nuestros sentimientos, valores, actitudes, creencias y acciones.

¿Por qué, entonces, caemos en estas conductas?

En general, podemos decir que la gente presenta este tipo de conductas porque le ayudan a enfrentar situaciones que de otra manera no podría manejar. En un inicio, nos dan una sensación de bienestar y equilibrio, pues nos permiten enfrentar preocupaciones y molestias en el corto plazo. Sin embargo, siempre acabamos teniendo que “pagar un precio,” enfrentar las consecuencias negativas a largo plazo, pues estas conductas no resuelven los problemas.

Intentemos explicar cómo se genera este tipo de conductas.

Al vivir en una sociedad, estamos expuestos a encontrar situaciones que nos hacen daño; por ejemplo, la agresión, el rechazo o la humillación. Naturalmente buscamos protegernos del dolor y, para ello, elegimos conductas y adoptamos actitudes que creemos nos van a ayudar a enfrentar el dolor emocional que surge de estas experiencias. Y así, comenzamos a vivir en especies de “casas de cristal” auto-impuestas por el temor de exponernos a un daño futuro; vivimos la vida a través del lente de nuestros propios juicios y nos vamos aislando de un mundo que cada vez parece más amenazante; nos volvemos desconfiados y nos aislamos, derrotados.

Al inicio, estas conductas nos dan una falsa sensación de seguridad y equilibrio; pero esta sensación es engañosa pues no resuelven el problema ni alivian verdaderamente el dolor; lo que hacen es complicar el problema y enmascarar el dolor. A final de cuentas, empeoran las cosas, pues nos obligan a enfrentar las consecuencias que hemos estado intentando evitar.

Veamos un ejemplo hipotético.

Debido al trabajo de su padre, Elena se va a vivir a un nuevo país; tiene nueve años y nunca ha sido muy popular. Durante su primera semana en la nueva escuela trata de hacer amigos; parada en la fila de la cafetería intenta platicar con Gabriela, una niña de su salón.  Pero Gabriela tiene otros planes con su bien establecido grupo de amigas y no le presta atención. Elena se siente temerosa, triste y humillada. A partir ese momento se forma una imagen negativa de todas las niñas de su salón; más aún, de todos los niños de su nueva escuela.  Molesta con este nuevo país, decide dedicarse estudiar y “mandar a todos al diablo pues no necesito de ellos.” Ahora su vida se limitará a estudiar, hacer la tarea, comer y dormir. Así empiezan a desarrollarse las conductas derrotistas, pues Elena se ha convencido a sí misma que no necesita el afecto ni la atención de los demás; consigue, así, defenderse del dolor potencial. Tristemente, su  temor inicial a estar aislada en esta nueva escuela, se ha convertido en una realidad.

Con los ajustes necesarios para nuestra edad, ocupación, sexo, etc., todos hemos enfrentado situaciones similares. Pero el resultado suele ser el mismo: caemos en conductas derrotistas. Éstas incluyen:

  • actitudes de crítica excesiva (con uno mismo o con los demás)
  • actitudes de víctima (“pobrecita de mí”)
  • culpar a los demás
  • adoptar una postura defensiva ante la vida
  • dejar las cosas por el último momento
  • conductas autodestructivas: abuso de drogas, alcohol; comer en exceso o no comer lo suficiente
  • adoptar actitudes de aislamiento (“no quiero saber nada de nadie”)
  • perfeccionismo
  • proyección (“ver la paja en el ojo ajeno”)
  • tendencia a exagerar
  • actitudes de hostilidad hacia los demás
  • volverse excesivamente desconfiado
  • compararse con los demás
  • aferrarse a sentimientos negativos por situaciones del pasado

Como podemos ver, las conductas derrotistas tienen consecuencias negativas sobre nuestra vida útil, en general podríamos decir que nos mantienen “atorados en el pasado” y nos impiden disfrutar del presente. Ya sea que le cedamos el control de nuestra vida a los demás o intentemos tomar en nuestras manos las riendas de la vida de los otros, la realidad es que tenemos la vista totalmente dirigida hacia el exterior.  El primer paso para superar el derrotismo es intentar hacernos cargo de nuestra propia vida y dejarles a los otros la responsabilidad de la suya; veamos algunas ideas que nos pueden apoyar en ese sentido.

  • Identifica cuáles son tus actitudes derrotistas
  • Analiza tus expectativas, qué tan realistas son
  • Identifica tus juicios. Positivos o negativos, los juicios nunca corresponden con la realidad
  • Suelta el pasado para dejar lugar para el presente
  • Identifica qué ganas con estas conductas y decide si quiere seguir pagando el precio que esta ganancia conlleva

¿Y qué podemos hacer para ayudar a nuestros hijos? ¿Cómo podemos ayudarles a romper el círculo vicioso, evitando que caigan en estos problemas?

  • Cuando tus hijos se comportan de una manera inapropiada, ayúdales a identificar qué está en el origen de su conducta y a descubrir cuál habría sido una alternativa mejor
  • Si el niño está molesto contigo (y tiene razón), pide una disculpa y ofrece encontrar una mejor alternativa la próxima vez
  • Muestra a tus hijos un genuino interés por sus intereses, actividades y problemas
  • Permíteles expresar sus preocupaciones, temores y frustraciones, aún cuando éstos te involucren; invítalos a encontrar soluciones
  • Confía en la capacidad de tus hijos de resolver sus problemas; transmíteles esta confianza. Más que darles consejos, ayúdales a encontrar sus propias soluciones.